Gabriela, por qué sufres…

Gabriela, por qué sufres…

La influencia de los aromas y colores del Valle del Elqui están palpables en el trabajo de Gabriela Mistral. Sin embargo, una estela de dolor invisibiliza la calidez recibida por los rayos del sol, otorgando protagonismo a una profunda oscuridad que da vida a un juego de luz y sombra, perceptible en cada uno de sus versos (“Poemas del Alma”).

Un río suena siempre cerca.
Hace cuarenta años que lo siento.
Es canturía de mi sangre,
o bien un ritmo que me dieron.
O el río de Elqui de mi infancia
que me repecho y me vadeo.
Nunca lo pierdo; pecho a pecho
como dos niños nos tenemos.

Sus obras Desolación (1922), Tala (1938) y Lagar (1954) encierran ese hondo pesar, identificado y diferenciado en cada uno de sus textos por el profesor de Literatura de la Universidad de California, Jaime Concha. El académico explica que “desde muy temprano los críticos que se ocuparon de la poesía mistraliana, observaron en ella la presencia destacada del dolor” (Cocha 44). En este contexto, sería válido preguntarse por qué una mujer exitosa a nivel internacional y ganadora del Premio Nobel de Literatura (1945), opta por la poesía para desprenderse de ese sentimiento que la inspira y agobia. Este artículo realiza un recorrido cronológico por su vida, focalizándose en rescatar los detonantes del sufrimiento en Gabriela Mistral y la percepción de este sentimiento en los estudios que sobre ella han realizado Jaime Concha y Hernán Díaz Arrieta (Alone).

Concha se remonta a su niñez y explicando que “en textos de 1905 es posible hallar por entre la hojarasca literaria de la época un dolor-calcinación o un dolor-borrasca, de fuerte materialidad y que empiezan a configurar una suerte de fisiología del sufrir” (52). También cita al crítico literario Hernán Díaz Arrieta (Alone) y enfatiza que éste: “es uno de los primeros cronistas en comentar su obra” (49) por lo mismo en percibir y, a su vez, coincidir con su visión: “Sea cual fuera el origen del sufrimiento hay una atormentada doliente, una víctima abrazada a la cruz, una mujer para quien la existencia se presenta como puro dolor” (49). En su prosa se lee la presencia de problemáticas, ancladas en la retroalimentación entre las crisis sociales y los conflictos individuales.

El padre de Gabriela, Jerónimo Godoy Villanueva, maestro de escuela al igual que su hija: “abandonó su casa cuando la niña tenía tres años y volvió raras veces al hogar” (Alone 51). Concha agrega: “lo que queda y permanece en la familia quebrada, son como siempre, las mujeres. Allá está la madre, Petronila Alcayaga Rojas, probablemente el ser más querido por la poetisa” (18) y cita al escritor Arturo Torres-Rioseco: “hay en Lagar una maravillosa teoría de mujeres destacadas en frescos líricos de pura belleza” (119). Lo anterior implicaría un reconocimiento irrestricto al rol de jefe de hogar que asume su madre y hermanastra, Emeliana, quienes ejercían papeles alejados de las normas de entonces, cuando muchos concebían la familia como el grupo conformado por el padre, la madre y sus hijos. Para otros, cuyos padres son separados, esta idea es excluyente y al mismo tiempo estigmatizante. Este sentimiento toma fuerza al combinarlo con las siguientes vallas que debe esquivar.

Posteriormente, en la vida de la autora: «se inicia una saga dolorosa en la que todas las instituciones del país, a través de dignos representantes, harán a la niña, y luego a la mujer, víctima de notorias indignidades” (Concha 20) cuyo impacto se refleja en sus obras. La definición de Concha ilustra que la poetisa percibió conscientemente una animadversión hacia ella, frente a la cual reaccionó bloqueando desde una óptica denotativa el apego a su tierra.

Con los años: “Vicuña distará de ser un lugar amable o un recuerdo grato para ella. En 1908, cuando la Mistral quiere ingresar en la Escuela Normal de Mujeres de La Serena se le prohíbe hacerlo porque el presbítero Ignacio Munizaga juzga que algunas de sus publicaciones iban contra el catolicismo» (Concha 20).

Alone, destaca su «heroísmo para estudiar sola, contra una ambiente mezquino y hostil, en medio de pobrezas amargas” (Concha 20). Estos factores la impulsarán a abandonar Chile en 1922. Si analizamos las cifras, de acuerdo a lo indicado por Concha, encontramos que «treinta y tres años en casa, treinta y cuatro años afuera, en andanzas a las que sólo por eufemismo puede dársele el nombre de ‘exilio voluntario’… hay algo que tiene que ver con un ciego empeño por cortar raíces” (Concha 23). Pero que no logra, gracias al arraigo dado por la memoria que se circunscribe a la familia. Tala es una confirmación de su visión sobre su ‘suelo’, porque “es también un libro hondamente arraigado en el terruño, en la provincia, en la región, es una emanación del valle donde nació y creció la poetisa” (Concha 100).

Sin embargo, “cuando en 1954 volvió a Chile para recibir el Premio Nacional de Literatura (1951), era un fantasma de sí misma… quienes pudimos divisarla fugazmente en esa oportunidad, nos consta que ya nada tenía que ver con nosotros” (Concha 24).

La muerte

A la tensión entre los lazos a su tierra, se suma la muerte. Ésta se transforma en una ingrata compañía para Gabriela. Está a su alrededor y en el contexto histórico que enfrenta, impregnado por el sufrimiento de miles de seres humanos que enfrentaban las Guerras Mundiales y la Guerra Civil Española. En otras palabras, el panorama que la rodea se nutre de acontecimientos no siempre concernientes a su yo, sino a su ambiente. En el ámbito personal, tenía 20 años cuando se suicida Romelio Ureta, luego de tomar dinero de la empresa de ferrocarril donde se desempeñaba. “La noticia impacta a la poetisa y la sume en un profundo dolor que se trasluce en Los sonetos de la muerte. Más tarde vendrá otro amor, Manuel Magallanes Moure, quien se encontraba entre el jurado que la premió en los “Juegos Flores de Santiago” (1914). Con él mantiene correspondencia y le expresa su soledad y dolor.

Tal vez uno de los factores más profundos de ese amargo sentimiento arraigado en su ser es la muerte de su madre en 1929, porque “no está cerca para cerrarle los ojos” (Concha 23). Se encontraba en España, representando a Chile en el Congreso de Mujeres Universitarias (“La Fuga”, Tala):

Madre mía, en el sueño
ando por paisajes cardenosos;
un monte negro que se contornea
siempre, para alcanzar el otro monte;
y en el que sigue estás tú vagamente,
pero siempre hay otro monte redondo
que circundar, para pagar el paso
al monte de tu gozo y de mi gozo.

Tala se vincula con la muerte de doña Petronila. “Lo que en el libro impera es un avasallante sentimiento trágico, en sentido propio, que hay que explorar en la luz de lo que la autora pensó” (Concha 52). El académico agrega: «en mi opinión, Tala representa una de las más altas manifestaciones de la poesía chilena. Significa también, en el ámbito de la lengua española, un libro importantísimo entre los que se han publicado en el siglo que está por terminar” (Concha 98). Por su parte, Gabriela destina los derechos de autor a los niños españoles víctimas de la guerra civil. A juicio de Alone, reserva su dulzura para los más pequeños: “hablará con ternura delicada de los niños, les compondrá rondas ágiles, tratará de sonreírles para que no tengan temor” (24) (“Ternura”).

Piececitos de niño,
azulosos de frío,
¡Cómo os ven y no os cubren,
Dios mío!

En 1943, nuevamente la muerte la estremecerá: su sobrino Yin Yin se suicida con arsénico (“Aniversario”, Lagar):

Todavía, Miguel, me vale
como al que fue saqueado,
el voleo de tus voces,
las saetas de tus pasos
y unos cabellos quedados,
por lo que reste de tiempo
y albee de eternidades.

Esta experiencia se despliega en Lagar, aquí predomina: “un hondo proceso de duelo por el precoz suicidio, su sobrino Juan Miguel… Todas estas vicisitudes de dolor personal abrirán el alma de la Mistral” (Concha 52).

Este artículo ha identificado episodios que marcaron su vida y que podrían justificar su dolor. El quiebre familiar fue el punto de partida para el desarraigo, más tarde acompañado por una seguidilla de pérdidas a lo que se suma la gran frustración de no ser madre. A pesar de todo “¡Cuánto nos ha dado ella que recibió tan poco! El nombre de Chile, que antes iba asociado sin benevolencia a ideas de simple poderío material, conquistador de bienes terrenales, únase ahora invenciblemente, hasta en las palabras de los que fueron sus amigos a esta imagen de mujer hecha de sencillez y de nobleza, fuerte por la dulzura y honda por el amor a sus semejantes, inclinada hacia los humildes los que sufren” (Alone 68). Así resume su temple del cual se desprende su escala valórica enfocada en beneficiar a quienes más lo necesitan y a los que trabajan para que este objetivo se cumpla.

Gabriela, también tuvo palabras de elogio para el trabajo que diariamente realizan los integrantes de Carabineros de Chile y lo plasmó en una hoja de patrullaje que hoy forma parte de la colección del Museo. De paso por el fundo «El Ajial» en 1954, en su amado Valle del Elqui escribió: Gracias a los que velan desvelándose, ustedes son sin saberlo los guardadores de nuestros sueños y la conciencia de la ciudad. Esta breve frase de gran contenido simbólico sintetiza el desvelo y cariño que diariamente entregan los miembros de nuestra Institución a la sociedad.

Bibliografía
Concha, Jaime. Gabriela Mistral, Madrid, España: Júcar (Colección Los poetas).
Díaz, Hernán. Gabriela Mistral. Chile: Nascimento 1946.


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